Reiteradamente oímos el cliché de que “Después de la tormenta siempre viene la calma”; la gente suele acudir a ese tipo de frases para darse consuelo y ánimo con frecuencia, sin reparar en la infalibilidad de la palabra “siempre”.
Curiosamente, esa frase nunca fue parte de mi vocabulario, porque la verdad es que no creo en frases hechas y manoseadas por la gente; sin embargo, llegó más temprano que tarde el momento en que estas palabras adquirirían sentido en mi cabeza.
Sentada frente a la ventana, durante un par de segundos en que diversos episodios de mi vida desfilan tras mi mirada, el sol ilumina fuertemente cada fibra de mi cuerpo y de mi mente dando el paso así para resumir con la mejor de las sonrisas mi corta y compleja existencia. Frenéticas ganas de gritar, una sonrisa que se dispara sola, impulsos adrenalínicos, ganas de hablar, de querer, de perdonar, de amar… Me pregunté cómo puede uno saber si no padece de depresión, y encontré automáticamente la respuesta; pues estos síntomas de felicidad no afloran en el diagnóstico depresivo. De esta manera las angustias solo se traducen en momentos, imperando el estado vital más común pero menos asociado, la “felicidad”. Felicidad por vivir, por avanzar, por superarse, por crecer, por amar, por ser amado, por buscar el equilibrio, por conciliar, por enmendar, por salir adelante, por planear, por respirar, por soñar, y por mantener as esperanzas.
De pasada leo: “Por qué son tan miedosos?, ¿Todavía no tienen fe?”. Y mi alma despierta a gritos por un Dios que me aviva en todos los sentidos de aquella palabra.
¿“Después de la tormenta siempre viene la calma”?, pues sí, empíricamente es así.